En Honduras, si no te mata el COVID-19 te matan las maras

Por Benigno St. Mars / Arenga Digital

TEGUCIGALPA, Honduras “En solo 20 años, la situación de Honduras cambió drásticamente”.

Mientras pienso eso, las láminas de zinc de mi casa comienzan a crujir por el sol, señal que están calentándose como una plancha lista para un beef steak.

Pero me alegro porque hoy no habrá tanto calor como los otros días. El termómetro de mi smarthphone me muestra una temperatura de 33 grados centígrados. La espesa capa de humo, que cubre Tegucigalpa hace su efecto de invernadero y sentimos que estamos en la boca del horno y es cuando recuerdo que el eslogande estos tiempos, “Quédate en casa”, sería más fácil si hubiera ocurrido hace muchos años, cuando nuestro clima era templado.

Estos días de cuarentena me han revuelto la nostalgia que se siente cuando te invade un recuerdo feliz. Natsukashii llaman los japoneses a este sentimiento. Evoco los días de mi niñez y adolescencia, cuando desde las montañas bajaba un penetrante olor a pino y eucalipto provenientes de los arboles donde retozaban las ardillas. Los pájaros carpinteros combatían los gorgojos horadando los troncos y controlando la plaga.

Recuerdo lo común que eran las calles de adoquín. El aire era puro y la neblina bajaba. Ya no es así: hace décadas nos hacen tragar humo, siempre antes de mayo, pero cada año van adelantando las quemas, mientras la ciudad crece horizontal. Los fuegos van consumiendo las montañas y nunca hay culpables. Pero la vida sigue: siempre hay nuevos hogares construidos sobre las cenizas.

Resignados, seguimos indolentes y solo observamos diciendo: “Hay un Dios que todo lo ve”.

Sudo a chorros; ¿quién en su sano juicio querrá permanecer dentro de una casa así? Estamos como en un baño sauna. Pero el agua no sale por el grifo. Los camiones con cisternas venden agua zigzaguean los cerros de la ciudad mientras que nunca hay proyectos para un acueducto. Seguimos muriendo de calor y de miedo.

El miedo –esa constante tan hondureña. Y sí, hay un nuevo enemigo, pero el miedo de los tegucigalpenses no es por el Covid-19, que nos mantiene confinados en casa.

Y es que Tegucigalpa siempre ha sido un pueblo fantasma.

Estamos acostumbrados al confinamiento, a la crisis, a la certidumbre de perder la vida en cualquier momento. Las maras matan más que el Coronavirus.

Antes del Coronavirus, alguien podía manejar kilómetros y kilómetros en la ciudad y se encontraría las calles vacías, llenas solo de miedo. El aislamiento social no es nada nuevo para nosotros: todos sabemos que hay horas en las que ya nadie debe andar en la calle, porque deja de ser propiedad pública y es privatizada por el crimen. El que anda en la noche hondureña sabe que le espera la muerte, pero no necesariamente la natural, sino la que te espera al ser asaltado en un “rapidito” (bus de transporte público), o cuando rezas con todas tus fuerzas para que los otros pasajeros del taxi, que te lleva a tu destino, no sean ladrones. Ojalá no estés tomándote un refresco en la pulpería y estés en el lugar y hora equivocada porque llegan a rociar de balas a los de la mara contraria. Y si eres el propietario de la pulpería, esos negocios que son los que siempre han pagado el impuesto de guerra (extorsión cobrada por las maras) ¿Cuándo pase la cuarentena qué clase de retribución van a cobrarte?

Creo que esa es la razón por la que los hondureños si no se les exige no usan mascarilla y no tienen temor al Coronavirus. Porque ya hay un enemigo más letal, que vive entre nosotros y tiene una tasa de mortalidad más alta que este virus que dicen azota el mundo. ¿Quién va a tenerle miedo a un enemigo invisible, cuando estás eternamente durmiendo con el enemigo?

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